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«No está muerto lo que puede yacer eternamente; y con el paso de los extraños eones, incluso la Muerte puede morir»
H. P. Lovecraft





La pieza se sitúa en la mirada de quien presencia el último paisaje, un escenario donde el horizonte se toca con el final de los tiempos pero, al mismo tiempo, revela la naturaleza infinita de lo vivo. El relato se sostiene sobre la premisa de que incluso en la quietud eterna no hay muerte definitiva, sino una latencia que aguarda su propio pulso. Este último latido de la vida no se manifiesta como agonía, sino como un fenómeno místico que recupera la memoria de lo sagrado: un sol que se mueve y titila, emulando los relatos de las apariciones de Fátima, donde la luz misma se vuelve inestable y rítmica. En esta distopía de lo eterno, el fin se revela como un principio necesario; los límites del paisaje no funcionan como clausura, sino como marcas que señalan un «más allá» constante. Es una meditación visual sobre la persistencia, donde la muerte misma termina por disolverse en el flujo de una energía que, tras extraños eones, vuelve siempre a nacer.