Acá La Otra

Año: 2019
Medio: Texto
Técnica: Texto

Tengo al menos veinte borradores, unos siete muy desarrollados, otros cinco de párrafos sueltos, tres títulos y el resto de anotaciones flotantes, no me faltaban ideas: solo necesitaba una pregunta.

4:24 am del 1º de enero de 2019 en Buenos Aires, reunida con amigas en la azotea de un edificio contemplando los fuegos artificiales y toda la parafernalia coreográfica que implica la llegada del año nuevo.

Entre la orquesta pirotécnica y la promiscuidad sonora propia de las grandes ciudades se matizaba un ritmo. Un ritmo que estructuraba una melodía, melodía que a la vez sostenía al ritmo. Y en ese proceso de retroalimentación, en esa sinergia: se diferenciaban: conformaban una entidad: unidad identificable: con identidad: Era música peruana. Sin dudas, quienes estaban ahí, eran sujetos que se identificaban en una comunidad y estaban pasándola muy bien. Lindantes, condensados entre dos edificios de 50 metros de altura, y a igual distancia de mis ojos los vi bailar, irradiaban alegría, una atmosfera, una experiencia completa: todo tenía sentido. Estaban inmersos en un ritual de celebración, pero ¿qué celebran?, la supervivencia de un mito, un mito que para seguir existiendo se celebra a sí mismo. Para que el mito opere debe reposar en una confianza ciega en que eso es así: una cuestión de fe.

Santa Fe, Argentina, una ciudad adicta a las tradiciones, un territorio donde se simula con los últimos medios retóricos una armonía perdida que tampoco fue tal en su momento. Invocan al pasado como estilización, conviven lo gauchesco con el nacionalismo ilustrado. Entre tanto conservadurismo, sumado al miedo y la ignorancia remanente de las dictaduras la novedad es algo insólito. En ese contexto ser una no normal es algo que te la pone difícil, hasta el día de hoy. Ahí crecí y paso la mayoría de mis días.

Era un viernes cerca de la media noche en Santa Fe. Como todos los fines de semana, me reuniría con mis amigas para ponernos al día. Atravesaba uno de esos rincones empolvados de la ciudad, donde conviven proyectos devenidos en leyendas. Insólitamente, desde unos grandes ventanales que algún día alumbraron un taller de confección, rutilaba una fiesta. Los sonidos que manaban no eran habituales, me sugerían novedad.

Seguí mi pulso y me dispuse a localizar la entrada. Era una puerta grande y pesada, de dos hojas, cada una con un gran paño de TRIPI #1 71 vidrio desde los que se podía ver un corredor totalmente despojado que sólo alojaba, en su otro extremo, una escalera. Entré.

A medida que subía por los escalones la atmosfera me iba envolviéndome cada vez más, hasta que tras un peldaño empezó a acontecer: el flash develó instantáneas disonantes amalgamadas por la bruma de la atmósfera. Se despertaba mi asombro. Lentejuelas, leopardo, lamé, latex, con o sin ropa…; agua, champagne, cerveza, cocktails…; jóvenes, adolescentes, viejos, sin edad…; frenesí, trance, estatismo, movimiento en exceso…; pelo acrílico, en color, blanco, sin, largo, corto, cresta…; drag, rockero, travesti, hippie, gótico, punk… Un repertorio de imágenes contemporáneas que en mi mente no convivían de golpe se materializaban frente a mis ojos como una entidad. Una epifanía. Glitch en la matrix. Fue una noche inolvidable, conocí a personas increíbles. Nada volvió a ser lo mismo.

Lo que experimenté fue una celebración del hoy en los códigos de hoy. La cual también reposa en un dogma, acá la más distinta es la más ortodoxa. La norma es ser diferente, ser la otra, una. Una la otra entre tanto par no idéntico. Pero en conjunto, frente a un criterio normalizado que legitima lo igual, somos la otra. Claramente, era una celebración, la celebración del privilegio de poder mutar, del privilegio hacer desplazamientos, del privilegio producir lx distintx, del privilegio de ser la otra.

Si, en este contexto, ser parte de una otredad te la pone difícil en la vida, y ambiciono ser tan yo como pueda, debería tener alguna patología asociada a un síndrome de autosometimiento, un estocolmo conmigo misma, rehén a sufrimiento y condescendencia por mi voluntad. Digo… ¿quién la quiere pasar mal? Si lo elijo estoy loca y si no también. Entonces… ¿qué estoy haciendo? ¿qué estoy siendo?, haciéndome, siendo sincera.

Lo que cambia frente a un status quo es susceptible de ser lo otro, pero no siento que seamos lo otro, más bien siento que somos lo de hoy, sinceras con nuestro tiempo. Frutos de un bombardeo simbólico disonante, que no adquiere entidad estable, que vibra, que muta, se nos disuelve el tiempo en las manos. Cambiar, renovarse, renacer: Todo El Tiempo.

Nada hay puro en este mundo, todo se conforma en la mixtura y toda muta. No hay nada que no se vaya constituyendo en el contacto con lo diferente. Todo se constituye en el contacto con lo diferente. 72 Adoptar una identidad cerrada, limitada, implica excluir a través de invisibilización, incomprensión o intolerancia.

Nuestro ritual es efímero, fugaz e imperfecto: muta, se muda, cambia. No hay otakus, travestis, maricas, drags…; no hay reguetón, cumbia, techno…; no hay disfraces, no hay música, hoy aquí y mañana allí. No nos interesa definirnos, limitarnos, no queremos estabilizarnos, simplemente queremos devenir.

Nos reconocemos como sujetos soñantes, amantes, deseosos, frágiles. Siendo una, una cada vez. En un mundo en el que las ortodoxias tratan de limitar el amor, brindarse desde la subjetividad es exponer lo sagrado.

Para seguir existiendo el mito se celebra a sí mismo y necesita de la fe para poder operar. Y acá, reunidas, celebramos el ser auténticas, protegiéndonos, mostrando una a la otra que no está sola, dándonos fe, sosteniendo nuestro mito.

Y como hijas sinceras de hoy, necesitamos bajar un poco el volumen y prestar atención al lado. Atravesamos un tiempo de reivindicaciones y resistencias, es el momento de empezar a abrazarnos y fortalecernos. Buscar la mirada de la otra.

Fortalezcamos el queremos en las diferencias, estemos atentas a las otras. Que nos una esa sinceridad, demos lo que se necesita hoy, fe. Y acá estoy, con mis amigas, en nuestro ritual, celebrándonos, mirándonos a los ojos, permeándonos, brindándonos vulnerables y reposando en el abrazo de la otra.


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